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La última mirada (Fidel Vilanova). Por Fermín Caballero Bojart.

20140212120816-laultimamirada-web-2Presentar La última mirada (Editorial Verbum, 2014) desde un punto de vista crítico no es sencillo. Es una tarea que conlleva además del descubrimiento del autor y su obra, el del engaño. El autor de novela negra además de mentir, tiene que engañar y por eso el lector juega a doble o nada. Un riesgo que acepta desde el primer momento.

Imagino a Fidel Vilanova preparando la novela. Pensando en el argumento, la trama, el narrador, los personajes, documentándose y sobre todo leyendo mucho. A Raymond Chandler, Dashiell Hammet, Jim Thompson y un poco más cercanos a Vázquez Montalbán o a Lorenzo Silva. Pero no solo habrá leído ficción, sino también técnica. Porque Fidel apuesta sobre seguro y para ello asume una preparación minuciosa en todos sus proyectos. Como lo es el proyecto de su vida literaria que, a grandes rasgos, me lleva a esbozar a un tipo comprometido con su propio destino de escritor que probablemente descubrió gracias a una biblioteca. Por que para ser escritor hay que leer y creer en tus posibilidades y esa fe solo se mantiene a base de constancia. Un estímulo que seguramente le proporcionaría Kafka, Beckett o la mismísima Madame Bovary.

Después de catar el veneno de la primera novela, de su insatisfacción (ni Borges quiso saber de las suyas), progresa con una novela titulada El buen amigo. Una obra donde comienza el verdadero escritor que Vilanova quiere ser. Un escritor inconformista, que nunca ve el final del trabajo, donde repasa bien cada capítulo y ataja los prejuicios con una técnica forjada entre clásicos y sentimientos encontrados. Reflexiones desgranadas de un mundo caracterizado por personajes profundos, humanos, tristes o enamorados que sobreviven creyendo en la esperanza. Solo así se puede entender la voz honesta y sincera de su estilo.

La última mirada se comienza a trabajar, como toda novela de género negro, con la observación de la sociedad que nos rodea: sus desgracias, sus incomprensiones, sus derrotas y sus debilidades. Por tanto con una primera mirada, crítica y juzgadora del bien y del mal. Se observa y se aprende. Se constata y se desaprende. La justicia (primera conclusión) no existe, por tanto, parafraseando al narrador omnisciente que emplea el autor, es “una aspiración”. El ciudadano Ulises, como cualquiera de nosotros, cumple con su papel, vive en una ciudad, en un mundo de normas y leyes que le someten. Que le esclavizan a cumplir. Si no estará condenado a ser desposeído de sus derechos. Pero seguirá siendo ciudadano. Desgraciado por víctima, incomprendido por víctima, derrotado por víctima o débil por víctima. Y así sobrevive Ulises Sánchez, como ciudadano víctima de una sociedad de justos y malhechores, donde trata de desaprender, de borrar lo que sabe, por que desde la muerte de su esposa ya no es quién los demás creían que era. Y quién no ha sufrido una baja laboral por depresión no lo sabe.

Una hija que le culpa, unas pastillas que le alargan su ruina, un horizonte oscuro del que solo el alcohol le sonsaca algo de su letargo y le aclara el porqué de sus debilidades. Un hombre al que solo su trabajo le devolverá el hábito de vivir. Al que perseguir la aspiración de la justicia le devuelve a su antítesis, a su papel de no ciudadano, de no víctima. A su verdadero estado de gracia, de libertad, de privilegiado espectador de la sociedad condenada a las injusticias. Solo así puede entenderse la vuelta del inspector Sánchez al trabajo. Y no a un trabajo cualquiera sino a un mundo cruel que necesita de verdaderos protectores de la verdad. De vigilantes del mal, del crimen, de la corrupción, de la pederastia, del político corrupto, del secuestro, del verdadero mal que, como promulgaba Confucio, ganaríamos más previniendo el delito que condenándolo.

Trabajar un personaje con la profundidad que lo ha hecho Fidel Vilanova, para una novela negra, es una magnifica señal de buenas maneras. De respetar la literatura. Y solo así puede sobrevivir la novela a la que algunos desgraciados se empeñan en desterrar. Por eso creo firmemente en su buen quehacer con el protagonista, uno de los principales valores de esta novela que presentamos hoy. Novela que alcanzó la final del XV Premio de narrativa “Francisco García Pavón”. Solo así se gana la apuesta a los lectores. La de la mentira consentida. Dando verosimilitud a la gente, a las situaciones, en definitiva a las acciones que llevan a un realismo que técnicamente sería imposible sin un personaje principal, alrededor del cual se reúnen los entresijos diarios de sus compañeros de investigación: una policía novata, un comisario obeso o un inspector celoso en una comisaría que puja por sacar adelante los casos de la violencia social de cada día.

Confesada mi primera impresión, pasé a una segunda lectura. A una segunda mirada. A la que desentraña el engaño del que se sabe engañado. Ambienta la novela, al igual que sus obras Odilia (2002) y Marbella, un estilo de vida (2009) en la ciudad que le adoptó. Una Marbella de lujos, clases altísimas y castas desvirgadas. Allí se reencuentra Sánchez con el servicio al ciudadano. Con el caso de una mujercita desaparecida. Sin rasgos de violencia sexual. Menor y forzada a morir. Una de tantas como los cientos de desapariciones que amenazan cada año a la policía con quedar archivadas sin resolver. Vilanova nos plantea el juego desde el principio con un una historia sólida, alimentada por la intrahistoria del ciudadano Ulises, al que le tiembla la mano y tiene que acudir al carajillo de las lamentaciones para saber que es exactamente la cobardía. Cuyos métodos de trabajo están entrenados en las calles de Barcelona, en los antros de una Ciudad Condal que lo ve crecer como inspector, que lo maltrata y que lo enseña a ser policía. Hasta que un mal día incapaz de empuñar la pistola, para defender un atraco, media vida suya queda en el limbo de los imposibles. Llevándose por delante, con su pasividad, a la madre de su hija. Ahí se concentra, se agudiza, la esencia del inspector Ulises. Maceran sus maneras y exprime sus modales con una conducta realista. Conducta que sumada a sus interioridades generan un resultado amigable. Y el lector acabará por simpatizar con él. Vilanova ya nos ha engatusado sutilmente con una prosa sencilla, bien manejada y que acelera en determinados momentos cuando pasa a narrar

en primera persona para zarandear al lector y dejarle claro quién manda en el juego. En la búsqueda de la verdad que toda novela negra debe perseguir.

Dice Van Dine, por si no lo habían notado sigo invocando sus convenciones, cuando se refiere a la inteligencia del lector de novela policiaca que la historia se le “debe de escapar” porque “una cosa es adivinar el asesino y otra ser capaz de justificar la suposición”. Y en La última mirada, al asesino no será fácil encontrarle. Quizás el lector inteligente lo descubra antes de la página 100, de las 300 que tiene la novela, pero le quedan dos tercios de autentico frenesí ya que las escurridizas pistas que Vilanova nos va ofreciendo para que el suspense no decaiga son geniales. Y ahí redunda el éxito del funcionamiento de la historia. En una trama cuyos puntos de giro estratégicamente ubicados sustentan la honestidad con que el narrador expone el caso: imparcialidad, deducción, inventiva, pensamientos emparejados a los del inspector Ulises, sin distorsiones, zanjando asuntos amorosos o falsas tramas a tiempo y sobre todo cerrando bien los dobles juegos. Y por tanto de lo que la mente lectora imagina que ha sucedido a lo que realmente sucede hay una buena dosis de genialidad por parte del autor para que todo fluya, hasta el desenlace final, de manera limpia, sin golpes bajos y con una excelente resolución final de la obra.

Texto de la presentación La última mirada (Verbum, 2014), novela de Fidel Vilanova.

Fermín Caballero Bojart.

Centro de Arte Moderno. Madrid, 28 de marzo de 2014.

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