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APP35849-2A Oscar Pistorius le marcó, su equipo de prestigiosos abogados, una estrategia claramente exculpatoria como no podía ser de otra manera: disparó pero sin saber a quién. Es decir, si hubiese matado a un supuesto violador o a un hipotético asesino, en vez de a su novia, la estrategia de los juristas defensores se habría basado, probablemente, en la legítima defensa y habrían dirimido entonces sobre si las balas de un revólver fueron una respuesta desproporcionada a la defensa esgrimida por el supuesto asaltante, al que se le habría asignado alguno de los roles mencionados.

Cambiando de registro penal a Eddy Merckx le expulsaron en 1969 del Giro de Italia cuando detectaron en una muestra de su orina una sustancia prohibida. Vincenzo Giacotto, director deportivo de Faema, le dio la trágica noticia en su habitación del hotel. Aquello corrió como el agua del hielo en la primavera de la alta montaña y fue como un atentado en masa a la sociedad belga. Hasta el punto de tener que intervenir el rey Balduino apesadumbrado por las lágrimas de su Caníbal, dándole al asunto un aire de realeza, tratando de coser la brecha diplomática abierta entre Italia y Bélgica. Posteriormente una carta anónima recibida en el diario milanés Corriere della Siera terminó de apuntalar el acuerdo. El mejor ciclista de todos los tiempos había sido dopado sin su conocimiento. Bebió de una botella de agua de un aficionado y ahí se encontraba la causa del mal. Así rezó la carta y en un mes estaba compitiendo de nuevo. Parece tan absurdo como un metro vacío en hora punta, pero sentó un precedente y fue posteriormente utilizado en la defensa de otros casos de doping (léase Richard Virenque).

Años después, sin embargo, las personas que ocupan los cargos de las instituciones deportivas, acusadoras y juzgadoras, evolucionan y a Alberto Contador tampoco le sirvió el “sí pero no fui yo”. De todo se aprende. Los hechos y sus antecedentes se van perfeccionando, como las técnicas médicas. Proporcionalmente, a medida que se llevan a cabo más prácticas indetectables mayor es la sospecha de los juzgadores. Los abogados también lo saben y a la hora de defender a sus clientes abogan por estrategias bien estudiadas que, apoyadas con un buen acuerdo, les rebaja la pena. Pero sientan precedente y las enquistadas leyes no son capaces, a la vuelta de los años, de desenmascarar al deportista, al entrenador, al director deportivo, al médico del equipo o al compañero de equipo que se refugia en unos cuantos papeles indescifrables, entre las que hay facturas descomunales. O, en el peor de los casos, llamadas de teléfono conversadas en clave, como si supieran que los estaban escuchando desde siempre.

Desde que a Tom Simpson se le fuera la mano con unos carajillos anfetaminados, eso sí premeditadamente, para subir a morir al Ventoux, se ha tratado de buscar estrategias, políticas o campañas, por ejemplo para que los juegos olímpicos crezcan limpios, al margen del hijastro deportivo profesional. Y así, con los aficionados embobados con el virgen fútbol, se nos fue el siglo XX y llegó el pasaporte biológico. Que es lo más parecido a la factura a la luz, que nadie entiende pero que como no pagues te la cortan. Con excepciones.

Hay casos en que la naturaleza dota al ser humano de valores atípicos. Por encima de la media. Y si la naturaleza humana no te excepciona el pasaporte, pues un grupo de expertos informáticos, médicos o caza recompensas valorará tus analíticas junto con las posibilidades de quitarte deportivamente de en medio. Como los disparos al aire de Pistorius. Tengas bolsas de sangre en la nevera o repartida por el cuarto de baño, seas senador elegido democráticamente por el pueblo o elegido a dedo para un puesto federativo, te apellides Armstrong o te llames Lance. Casuísticas, que he elegido al azar, pero frente a las que la diplomacia de una monarquía desacreditada, un grupo de prestigiosos juristas o una botella de agua no le despojan hoy a nadie de una futurible, y necesaria, condena deportiva.

Fermín Caballero Bojart.

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