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Golpes de cabestro

Recientemente un artículo del diario El País (2 de noviembre de 2013) me llevó a leer la Exposición de Motivos de la Ley de Régimen Disciplinario de las Fuerzas Armadas de 1998.

El artículo en cuestión, a media página ya muestra de por sí un titular algo sorprendente:“28000 militares arrestados en seis años. De los cuales más del 90% de las penas de privación son por faltas leves.” No tanto por las cifras (24% aprox. de 120.000), que ya son para asustar, si no por cierto paralelismo con la obra que estamos presentando. En concreto el dato o la  información que me invita a abrir esta presentación es la coyuntura que aprovechará la reforma de esta Ley cuyo trámite se está llevando a cabo en el Congreso.

Uno de los cambios que busca, el más importante, supone la sustitución de la pena de arresto (privativa de libertad) para las faltas leves (inexactitud del cumplimiento de órdenes, falta de puntualidad etc) y que se reserve tal privación para las faltas graves.

La mayoría de grupos parlamentarios defiende que la sanción de arresto se sustituya en estos casos (en faltas leves) por una penalización de tipo económico, lo que permitiría a España retirar la reserva al Convenio Europeo de Derechos Humanos, que prohíbe las penas privativas de libertad sin intervención de un juez.

Así que, sin que ello suponga por mi parte una exposición abierta en defensa de un proceso militar con las debidas garantías procesales que establece la Constitución española de 1978, por lo que sí que voy a abogar es por una lectura consciente de Golpes de cabestro.

Al margen de la lectura política o económica que aquello pueda conllevar, hay una profunda y didáctica lección de moral. Y con ese rol voy a tratar de ejercer mi papel crítico.

1.Libertad.

La libertad en una doble vertiente, física y moral, es el paraguas con el que Blas Valentín paseará al lector por el cuartel militar.

Antes de pasar analizar algunos aspectos literarios de su obra, me van a permitir detenerme en la portada.

Podría haberse elegido un rojizo cabestro de nubes blancas con un cencerro, cabeceando y asustando (por su cornamenta). Quizás la imagen representaría una hipocresía, una mentira, y para ello ya tiene el lector 316 páginas reservadas al respecto.

Podría haberse elegido un militar en acto de genuflexión. En dos fases, saludo y cabeceo. Obediencia y servicio.

Pero lo que explora la paloma que vemos en la portada es un lugar para aterrizar. No levanta el vuelo, me da una sensación de que el ilustrador le da un toque genial sobre su ala derecha y su cola para frenar el vuelo y posar. El resto observan, asienten. Dormitan.

Me parece un guión claro de lo que en el desglosado río de atmósferas vamos a encontrar.

La libertad, o el miedo a perderla, sobrevuela por los personajes de la novela como por las palomas posadas. Obligados aquellos a camuflar sus verdaderas intenciones, sus ideas hacia los demás. A esconderse detrás de la mentira, ante los mandos del cuartel, de la agrupación que forman los compañeros del alférez Tresguerres: una compañía auxiliar de enlace del ejército español.

Comienza la novela con una segunda imagen. Metafórica. Brutal. No tanto por la violencia, como por la clara revelación que el autor hace de sus intenciones. Es como si el binomio fantástico de Gianni Rodari se presentase de manera inocua, ajeno al texto: una pareja de la Guardia Civil (hombre y mujer) llega al cuerpo de guardia con un soldado detenido y esposado, posteriormente arrestado por una falta grave. Se me antojan HONOR (lema de la guardia civil) y LIBERTAD (arresto por falta grave) como términos elegidos para arrancar con el primer capítulo (Un día de guardia).

Aparece también, con esta primera escena, una acotación temporal. He de decir que son pocos pero selectos los marcos de tiempo que el narrador establece. Acotaciones explícitas, como las vigilancias de las vías del AVE (hecho inédito que se produjo durante 2004 en nuestro país tras los atentados del 11M) o el uso de la telefonía móvil, por ejemplo. Otras marcas temporales implícitas, como puede ser la presencia de la mujer en las Fuerzas Armadas. Como digo van a ubicar al lector en el reloj interno de la historia sin hacer uso de fechas determinadas por el narrador.

En cambio el plano espacial es más detallado. Blas Valentín conoce bien, por su pasado, los escenarios por los que se mueven sus personajes. Llevará al lector por todos los confines de un cuartel. Sin abusar de la jerga, y detallando conceptos cosa que es de agradecer, sobre todo para lectores no familiarizados (como es mi caso) con el ambiente militar: estadillo, camareta, izar bandera o tocar diana. En definitiva una libertad de movimientos siempre condicionada. Nada puede suceder sin que se haya advertido previamente. Como si quedara preservada de peligros la cadena de mandos.

Y aquí voy a destacar una faceta importante desde mi punto de vista. Es un rasgo concreto que hace del protagonista un hombre creíble. Humano. Ello es la prudencia con que actúa. Este rasgo creo que es el que, de un modo transparente, alcanza al lector y le impregna de un cierto aroma a heroísmo. Heroicidad que en ningún momento de la novela alcanza, sino más bien se transmuta en un romanticismo. Este no desplaza al que evoca a su amor de juventud.

2.Prudencia.

“El alférez contemplaba la escena en actitud complaciente, tampoco hizo nada al observar, en un primer momento, como el sargento lo golpeaba de forma repetida. […] al fin, intentó frenar la deriva radical e imponer su voluntad.”

Maneja Blas Valentín la prudencia en los comportamientos del personaje, a través de un narrador que no llega a interferir en forma excesiva. Domina, como digo, con realismo dando veracidad en el diálogo, en la reflexión al alférez Gustavo Tresguerres. A medida que avanzan los capítulos el temor por el daño colateral de la privación de libertad se va reduciendo. Es un recurso bien exprimido y trabajado que le ha servido para equilibrar en aquellos momentos en que el lector espera una reacción determinada encontrándose con el posar del largo vuelo de un hombre comedido. Y así sucede cuando el primer hervor del desenlace se aproxima en forma de una cruel capitana.

No interfiere el narrador de forma excesiva, pero consigue la complicidad del lector en la percepción del entorno que le rodea, de su mundo militar. Para ello focaliza, convierte la voz. Modulación que nos introduce en la conciencia del alférez, cuando el narrador sigue siendo realmente un elemento persuasivo de la libertad a través de la prudencia. Ejemplo:

“De similar modo podía juzgarse la pistola que él, como oficial de guardia, llevaba encima: formalidad llamativa que para nada necesitaba, salvo para cascar nueces, si aún nueces tuviera.”

Esta incursión, ese mimetismo, del narrador en la conciencia del protagonista equilibra la balanza entre los dos planos que buscan la libertad. El de la prudencia, mediante esa introspección, y el de la supervivencia, alimentado por el recuerdo.

Hablaba de dos vertientes para un mismo río. Hasta aquí la libertad física. A partir de aquí la libertad moral. Si a aquella le servía la prudencia, encontrará el lector un respiro de la búsqueda de la libertad en el desengaño. En la falta de motivación, en el desamparo de un alférez que no encuentra en el ejército el vértice de su ideal.

3. Desengaño.

Más que una cualidad (racional), como representa en el protagonista la prudencia, en este caso el desengaño se expone como un medio. Un medio que justifica el fin. La pérdida de la ilusión causa en el alférez una reminiscencia. Un flashback, un salto temporal que le sirve de contrafuerte a su ego frustrado y derribado por el teatro de la soldadesca.

“Si tú supieras, amparo, el silencio postrero tras el cristal.”

La máxima que le permite al lector pactar un descanso frente a esa hipocresía de las acciones y desórdenes que le lleva al desengaño:

“El combate más importante es el que se gana uno así mismo contra la mentira.”

Si la prudencia es el antídoto que le lleva a sobrevivir con libertad de movimientos, el desengaño, el recuerdo, la evocación de un amor frustrado es el aliento que le permite mantener su entereza humana para buscar la salida real y única al final de la novela.

El binomio sugerente de esta metáfora de la vida queda una vez más a la libre elección del lector, pero sugiero que presten especial atención a los capítulos donde el ejército no tiene una presencia directa. En el capítulo XIV, por ejemplo, encontramos de nuevo una intromisión explícita al consciente del alférez mientras lee a Unamuno. Busca la libertad, muere el ideal, encuentra ese arma que matará al verdadero mal que le corroe. Morir para resucitar.

“El personaje de don miguel no se conformaba con una vida de títere, con una vida manejada, hecha ficción, por su mentor literario”.

Es el preludio del nuevo yo. El camino hacia el desenlace. La puesta en escena de un alférez renovado.

Rebusca con más anhelo en sus recuerdos. Entrará en un periodo de permiso. Comienza el exilio hacia el mundo civil, la reinserción al mundo laboral. Y así se protege en ese paraguas libertario de escenas metafóricas, con diálogos alusivos, que guían al nuevo ideal hacia una ilusión resucitada.

“Libertad de carreteras secundarias”;

“Libertad de pueblo que tú y yo recorremos”;

“¿Y usted y yo somos libres?”

Escena de tranquilidad (la de este parlamento) en que el lector reconocerá ese nuevo ser como una verdadera intención del protagonista. Alimentada como decía en el caso de la liberta física, por otro binomio, en el que encajan las palabras SUEÑO y COMBATE.

Otras imágenes evocadoras son la del gato Matanán o la del coche en mitad de la noche aparcado en el arcén de la carretera mientras describe por teléfono el paisaje a Amparo su ex novia. Donde el autor juega con figuras retóricas y sugerente prosa.

Un binomio que podría sustentarse con alusiones.

Alude a Borges:

“Sabía que la realidad estaba hecha de la misma materia que los sueños” en alusión al Quijote ¿Pudo Don Quijote elegir? ¿Conocía su verdadera libertad?

“¿Don Quijote estaba realmente loco o solo lo aparentaba?-preguntó una alumna”

De ahí que para diferenciar claramente la lucha interna del protagonista Blas Valentín, se ampare en combatir la mentira. En derrotar ese mal que ha destruido su sueño, en pelear de una manera real contra la hipocresía que le rodea para subsistir y ser capaz de alcanzar el nuevo ideal.

Ha sabido el autor descubrir al personaje y mostrarlo. Rodearle de los ingredientes necesarios que le llevan hasta el final de la novela.

Sobre el autor.

Blas Valentín, podría haber nacido en Almalasa, junto a un gato llamado Matanán, y no haber renunciado al ejército en su otra vida. Pero Teruel existe y allá, en su verdadera patria, de infancia y raíz, vino al mundo literario a los veintinueve años de la mano de El zarzal. Profesor de secundaria, filólogo y escritor, acaba de publicar su segunda novela con la editorial Verbum: Golpes de cabestro. Que hoy estamos presentando en este templo del arte literario, que representa el Centro de Arte Moderno de Madrid.

El autor crea un territorio propio. Almalasa. Como ya hicieran Faulkner y Onetti, del que al año que viene se celebra el XX aniversario de su muerte. Con ello invito al lector a conocer al autor a través de esa visión general que da el lugar donde los personajes se alimentan. Pudiendo ser Golpes de Cabestro una biopsia de su patria, de infancia y raíz. Una patria donde los personajes cultivados por Blas Valentín, se nutren de la España de las clases sociales, de hedor y caciquismo. Exterminadora de derechos y libertades en el sentido más humano de la palabra.

Desde su primera novela juega con una narrativa costumbrista, de la que en Golpes de cabestro, ha realizado, como indicaba anteriormente, una muestra minuciosa. Al detalle, con un alférez natural del pueblo, que podría estar ficticiamente ubicado en las profundidades de Teruel. Biopsia de una clase social determinada, de una casta de poder. De un clan que hereda las ancestrales y rigurosas costumbres de normalizar las conductas de manera preventiva, conceptuando la disciplina en el marco militar. Hacía alusión al principio de mi intervención a la Exposición de Motivos de la Ley de Régimen Disciplinario de las FF.AA, y vuelvo a ella para verificar cómo en pleno siglo XXI aún se puede leer de una Ley Orgánica lo siguiente:

“Resalta ser una constante histórica la preocupación por la protección de la disciplina.”

Esa demora cronológica. Distante. La brecha que producen los conceptos, las normas, en el progreso social con su inútil intento de regular jerárquicamente la igualdad de clases, pero haciendo prevalecer el poder de uno sobre otro, es lo que Blas Valentín a sincronizado en Golpes de Cabestro. Una demora de lustros que no lleva sino a la búsqueda de la libertad y que no parece alcanzar a la pluma del legislador, anclado en desaforados arraigos.

Esa costumbre atrapada por caciquismos, alimentada por una prosa ampulosa algo decimonónica, que deja entrever en El zarzal contrasta con una adaptación a los nuevos tiempos que corren, con una nueva visión de la realidad, donde la libertad, los sueños y el combate tienen que ser guiados por la prudencia. Si no, los personajes, los habitantes de Almalasa, perderán su credibilidad quedando en manos de narradores atrapados por una infructuosa búsqueda de la libertad que agotará todos sus recursos sin alcanzarla.

Antes de pasar la palabra al autor, no quiero despedirme sin decir lo que ha supuesto, para mí, la lectura de esta obra a título personal: Ha representado una lección de moral, por lo que quiero darle las gracias con una lectura extraída del Oráculo Manual de Baltasar Gracián “El arte de la prudencia”:

Axioma 89. Conocerse a sí mismo:

“Conocer el carácter, la inteligencia, las opiniones y las inclinaciones. No se puede ser dueño de sí, si primero no se conoce uno mismo. Hay espejos para la cara, pero no para el espíritu; este espejo debe de ser la prudente reflexión sobre uno mismo. Cuando uno despreocupe de su imagen exterior, debe de conservar la interior para enmendarla y mejorarla. Tiene que conocer las fuerzas de su prudencia y perspicacia para emprender proyectos, comprobar su tesón para vencer el riesgo, tener medido su fondo y su capacidad para todo”.

Texto de la presentación de la novela Golpes de Cabestro (Verbum, 2013), de Blas Valentín.

Fermín Caballero Bojart. Centro de Arte Moderno. Madrid, 15 de noviembre de 2013.

LEER RESEÑA EN REVISTA CULTURAMAS.

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