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Desde el vuelco de su canoa no se habían acercado tanto al afluente más peligroso del Amazonas. Una tormenta detuvo su lento avance y les obligó a refugiarse bajo un gran tronco de raíces aéreas que crecía a orillas del río Yacaré. Aún les quedaban víveres para dos días y agua para cuatro.

Repasaron los objetos y no echaron nada en falta: dos cantimploras, un cuchillo, una cuerda, un zippo, un lápiz, un cuaderno y un pequeño macuto. Junto a unas pocas latas de conserva, era todo lo que habían podido sacar del agua antes del ataque de las pirañas.

Las mordeduras de Karol no cicatrizaban. Cada día podía caminar menos por culpa de sus piernas sangrantes. La maleza y las grandes plantas que crecían en aquella selva inhóspita tampoco les dejaban avanzar con seguridad. Con cada ruido Rob amenazaba con la punta del cuchillo hacia las grandes hojas que se movían. Otras veces quedaban paralizados ante la visión de algún reptil arbóreo. Diez días les parecían un mes y con la fuerte lluvia habían decidido acampar bajo la alargada cortina de ramas que en forma de paraguas les ofrecía el enorme árbol. Antes de que llegara la noche Karol decidió soltar de una vez por todas lo que tanto temía.

— Déjame y vete. Este escondrijo parece seguro. Y mirando fijamente al pequeño fuego que Rob estaba avivando añadió:

— Creo que estamos cerca de la confluencia de los ríos Yacaré y Jaranda.

Rob sabía que si alcanzaban ese punto estarían solo a dos días de camino del campamento base.

— ¿Cerca? ¿Qué es cerca y lejos en esta cárcel?

— Quiero que me dejes sola con los víveres y partas al amanecer. Llévate lo que necesites.

— Teniente no creo que sea una decisión acertada. Apuntó el sargento Rob.

— No es una decisión es una orden.

El sargento optó por el silencio, calentó unas ranas empaladas y llenó su cantimplora con el agua de la lluvia que caía desde un limbo. Preparó el macuto y se tumbó junto al cuchillo a esperar la salida del sol.

A media noche ninguno de los dos dormía y el ruido de las alimañas alimentaba sus peores fantasías.

Cuando la teniente del quinto regimiento de infantería de los marines despertó, Rob ya no estaba a su lado. En una nota junto a las piedras que rodeaban las cenizas leyó SI EN TRES DÍAS NO HE VUELTO SIGA LA RUTA DE MIS NOTAS.

Tres días y tres noches le habían dado a la teniente Karol suficiente energía para caminar, las heridas mejoraban y decidió ir en busca de la primera nota. Siguió la vereda surcada por el cuchillo del sargento y le pareció que avanzaba deprisa. Al encontrar la cuarta nota después de medio día caminando leyó el mensaje de aliento de Rob, se detuvo a comer alguna víscera refrita y con el primer bocado notó un pinchazo ardiente en el cuello seguido de un fuerte mareo, cuando un segundo y certero disparo de cerbatana la arrojó contra el fango.

Continuará…

Fermín Caballero Bojart.

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