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“Desgraciadamente somos más escritores que lectores. No me refiero a la población, si no a ese alter ego que llevamos dentro y no dejamos salir cuando más lo requiere. Tampoco me refería a que mientras escribimos leamos constantemente. Desgraciados los que publican sin haber releído antes. Maniática soy de pluralizar, perdón de globalizar. Así no quedamos nadie excluidos de este absurdo sui generis. Solo puede romper la premisa una mala herramienta. Y actualmente creo que se trabaja con dos claramente diferenciadas: el clásico papel y boli o análogos y un dispositivo controlado por software. Yo las combino las dos, y por ese orden. Primero acudo a la hoja en blanco. ¿Por qué los rusos hicieron pruebas espaciales con un lápiz? ¿El dinero? Bien, buen argumento. Pero ¿y el estrés que genera tener un bolígrafo roto? Y la hoja ahí esperando como un cuerpo desnudo después de una romántica cena con baile a la luz de las velas (en un velero). Claro que también los norteamericanos invirtieron miles de miles de miles y sin tanto no habría hoy portátiles. El bolígrafo no escribe, no tengo repuesto, ni siquiera un lápiz ruso.¿ Desde que punto de vista miramos como escritores este elemental fallo técnico? ¿Falta de previsión? ¿Ahorro? Y el cuerpo ahí mirándome. “Pero ¿qué te pasa hoy?” Y ello me lleva a reflexionar. Nunca escribo nada en el ordenador antes de pasarlo por el papel. Releo el escrito del papel. Corrijo el escrito del papel. Y entonces paso al portátil el resultado, donde reescribo (y elimino) para intentar dejar el texto reducido a las mínimas palabras con el máximo vociferio. Soy una mutante. Me siento una bloguera.”

—Perdone señora ¿puedo atenderla?

—No joven, solo trato de explicarle a este especimen mis problemas.

—Ya veo. Se trata de un Fisher Space Pen, ni la NASA ni el gobierno yankie pagaron un dólar a su inventor, el señor Fisher, escribe a treinta y cuatro bajo cero y se ha probado hasta los ciento veinte grados. En gravedad cero o bajo el agua o en superficies grasientas.

—No pensará que estoy loca, no acostumbro a contar mis problemas a nadie. Soy escritora y hoy me he sentido frustrada.

—Entiendo. ¿Quiere probar el space pen?

Y sacando la libreta de ahorros, escribo varios ceros en mi saldo.

Regreso a casa y allí me espera el cuerpo en blanco y le cuento la historia.

—Desgraciadamente este experimento, parece haber funcionado técnica y funcionalmente, vamos que no me han fallado ni el ordenador ni el software que controla mi texto. Desgraciada soy por contribuir a esa masa de vociferantes que no ha releído el contenido antes de publicarlo. ¡Ah! Esa es la cuestión el papel no lo publica de inmediato nadie, al menos de momento, y de camino un “prohibido fijar carteles, responsable la empresa anunciadora” me lo ha recordado.

La frustración permanece en mí, el space pen no escribe sobre la pantalla táctil de mi portátil.

—¡Escribe maldito, escribe!

Fermín Caballero Bojart

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