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La casa aún existe. Fue un invierno duro, de nieve y ventisca, en una ciudad de noches oscuras y calles solitarias. La urbanización tenía pocas casas habitadas. Aquella noche creí que todos sus habitantes habían sido invitados a una fiesta. Todos menos dos, yo y mi amigo Javi. Teníamos diez años. Para ahuyentar el miedo, “los mayores”, nos dejaron una televisión en blanco y negro encendida, en la segunda cadena, una de las dos que solo emitían por aquellos tiempos.

La casa tenía entonces un jardín que hoy ocupa una pequeña piscina de invierno. Un largo pasillo con dos cuartos de baño, y dos habitaciones a cada lado formaban parte de la única planta que todavía tienen hoy estos chalets.

Creo que apenas movimos el cuerpo del sofá en toda la tarde. Nos ataba una pantalla en la que tratábamos de centrarnos porque por primera vez nos dejaban ver el programa “Historias para no dormir”. Un señor de barba negra, con frente cuadriculada recortada por un flequillo oscuro y gafas cuadradas, presentaba el pase de aquel martes. Tras la música inicial de Waldo de los Ríos hablaba mientras fumaba un habano “hoy abrimos con un poema de Allan Poe, El cuervo.” Volvía de fondo la sintonía de suspense de Waldo y Chicho entonaba la primera estrofa:

Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,

sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones

inclinaba soñoliento la cabeza, de repente

a mi puerta oí llamar;

como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta

mano tímida a tocar:

“¡Es – me dije – una visita que llamando está a mi puerta:

eso es todo y nada más!”.

Javi y yo nos miramos y una sonrisa tonta, como de “algo no nos da tanto miedo como dicen los mayores”, se nos escapó. El salón tenía dos grandes ventanales, uno enfrente del otro, al que quedaba a nuestras espaldas le habíamos bajado la persiana para que el frío no penetrara en la casa. El que teníamos delante lo habían dejado “los padres” con la persiana a media altura, lo suficiente para ver el jardín blanco y la nieve bailar con el viento.

Antes del inicio de la segunda estrofa, nos acoplamos bien las mantas sobre los pijamas para recibir al cuervo. En ese momento un golpe seco, no muy intenso, pareció venir de la persiana medio abierta y que en ningún momento vimos moverse. Javi se levantó de un salto y se asomó pegando el vaho al cristal. “No veo a nadie”. Se volvió para sentarse pero justo al girar el ruido volvió a sonar. La música de Waldo hacía el resto. Nos escondimos bajo las mantas. Apenas oíamos el poema de Poe. Nos pusimos de acuerdo para echar a suertes quién se levantaba a bajar la persiana y me tocó a mí.

¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,

y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.

Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura

procurando en vano hallar

tregua a la honda desventura de la muerta Leonora;

la radiante, la sin par

virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora

ya sin nombre… ¡nunca más!

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras

me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,

de tal modo que el latido de mi pecho palpitante

procurando dominar,

“¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia-

que a mi alcoba quiere entrar:

un tardío visitante a las puertas de mi estancia…,

eso es todo, y nada más!”.

Jamás he vuelto a bajar una persiana con tanta rapidez. Los ruidos se repitieron un par de veces más hasta que en un momento dejaron de oírse porque llamaron por la puerta trasera, la que daba al jardín. Era el hermano de Javi, muerto de risa, por la cara de susto que debíamos de tener. Le preguntamos si había tirado pequeñas piedras, y nos miró extrañado. Años más tarde aún seguían contando aquella anécdota. Pero lo que ellos no saben fue lo que sucedió a continuación.

Ambos hermanos salieron de mi casa, mis padres aún no habían llegado y decidí volver a mi habitación. Yo no sabía quién era Poe, ni que había escrito los que más tarde fueron dos de mis cuentos favoritos (Los crímenes de la calle Morgue y El escarabajo de oro). Cuando avanzaba por el pasillo, llamaron a la puerta principal de la casa, que era de hierro, con la misma sintonía que los anteriores golpes. Los de las persianas. Asomado por la ventana, con rejas, de mi habitación la nieve y la tenue luz de la farola no me permitían adivinar a quién le correspondía aquella sombra que se atrevía a llamar tan entrada la noche. Y grité hacia la puerta. ”¿Quién es?” Nadie contestó. Ante la insistencia de golpes, decidí abrir. Al llegar al hall que se comunicaba con el salón, desde la tele llegó una estrofa:

Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:

“Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando;

mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza

me vinísteis a llamar,

y con tal delicadeza y tan tímida constancia

os pusísteis a tocar,

que no oí”, dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:

¡sombras sólo y… nada más!

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,

quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños;

más profundo era el silencio, y la calma no acusaba

ruido alguno…, resonar

sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora

yo me puse a murmurar,

y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora…!

Esto apenas, ¡nada más!

Todo parecía suceder tal como narraba, desde el televisor, Ibáñez Serrador. Dudé entrar al salón o seguir hacia la puerta para abrirla. Me detuve a la altura de mi cuarto de juegos que también daba al hall y sorteando el Belén que estaba construyendo mi padre para la inminente Navidad me asomé a la ventana y sin abrirla demasiado grité otra vez “¿quién es? ” La sombra se giró y un cuerpo tembloroso, con un pájaro en el hombro, me pidió un termómetro. “Vivo dos casas más abajo en esta misma calle, frente a la de Javi. Pero ellos no me abren” Le creí y fui disparado a por el artilugio. Se lo entregué y en el salón sonó otra estrofa.

A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,

Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia:

“De seguro-dije-es algo que se posa en mi persiana,

pues, veamos de encontrar

la razón abierta y llana de este caso raro y serio,

y el enigma averiguar:

¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio…:

es el viento, y nada más!”.

La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño,

Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.

Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,

con aspecto señorial,

fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta

de mi puerta el cabezal;

sobre el busto que de Pallas representa

fue y posóse, y ¡nada más!

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza

con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;

y le dije: “Aunque la cresta calva llevas, de seguro

no eres cuervo nocturnal,

¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla…!

Dime, ¿cuál tu nombre, cuál,

En el reino plutoniano de la noche y de la niebla…?

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

Llevábamos muy pocas semanas en la casa. Habíamos entrado a vivir aquel verano y yo no conocía más que a Javi y su hermano, porque íbamos juntos hasta  el colegio. Pasado el largo invierno, una tarde mi madre me llevó a dar un paseo, y antes de regresar a casa me llevó a la casa de enfrente de Javi. Llamamos y el anciano que abrió la puerta nos saludó con afecto. “Tengo algo que devolverte jovencito” Me quedé atónito al ver el termómetro. “En recompensa te voy a regalar algo” La parte trasera de su casa (todas tienen la misma estructura) era un huerto. Y en vez de un espantapájaros había un gran cuervo negro y brillante clavado sobre un palo a propósito para el pose del ave. Lo llamó y aterrizó en su hombro. Al verlo de cerca me pareció majestuoso, batiendo las alas. Y entonces reparé en algo. El anciano no usaba bastón y de aquellas debilitadas y artríticas manos no podía salir tanta fuerza para golpear ni la puerta de hierro de mi casa, ni una persiana. “Nadie se atreve a ir solo por la noche por estas calles, porque tus padres cuando alquilaron la casa no sabían que hay ruidos extraños por la noche, sobre todo los martes”. Mi madre se quedó mirándole y le vino a decir, en resumidas cuentas, que yo “ya lo sabía todo”. Realmente no sabía nada, y con esa cara de no entender me insinuó, sonriendo con complicidad, que “era su cuervo amaestrado quien golpeaba suavemente las persianas de las casas.” Me regaló un libro y un cesto de fresas. El libro, la única novela que Poe escribió, aún lo conservo.

Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,

si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;

pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura

que lograse contemplar

ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,

ave o bruto reposar

sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,

con tal nombre: “Nunca más”.

Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla,

sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella

vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento

se le oía pronunciar…

Dije entonces al momento: “Ya otros antes se han marchado,

y la aurora al despuntar,

él también se irá volando cual mis sueños han volado”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,

“no hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido;

aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte

persiguiera sin cesar,

persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,

sus canciones terminar

y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo

de: ¡Jamás, y nunca más!”.

Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,

mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa;

luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía

dime entonces a juntar,

por saber que pretendía aquel pájaro ominoso

de un pasado inmemorial,

aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso

al graznar: “¡Nunca jamás!”.

Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,

cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.

Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo

me empeñaba en descifrar,

sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella

luminosa mi fanal,

terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla

a oprimir, ¡ah, nunca más!

Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario

que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario,

perfumado. “¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído,

y por medio angelical,

tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora

te ha venido hoy a brindar:

bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al fin, ya seas

ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas

por los ábregos barrido a esta playa, desolado

pero intrépido, a este hogar

por los males devastado, dime, dime, te lo imploro.

¿Llegaré jamas a hallar

algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

“¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo

de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo

a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,

presa infausta del pesar,

si jamás en otra vida la doncella arrobadora

a mi seno he de estrechar,

la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora…”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

“¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida

-grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida,

la plutónica ribera de la noche y de la bruma…!

¡De tu horrenda falsedad

en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja!

¡Deja en paz mi soledad!

¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja…!”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura,

sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura….

y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,

las visiones ve del mal;

y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota…, nunca

se alzará…, nunca jamás!*

versión de Juan Antonio Pérez Bonalde  (copiado de la web A media Voz)

Entradas encontradas por mi google (de 17,5 millones aprox.):

Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/Edgar_Allan_Poe

Museo http://www.poemuseum.org/index.php

Edgar Allan Poe Society of Baltimore http://www.eapoe.org/

Algunas obras:

Manuscrito hallado en una botella

Un descenso al Maelström

El escarabajo de oro

Los crímenes de la calle Morgue

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

*El cuervo

La narración de Arthur Gordon Pym

Una frase (proverbia.net):

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

Una anécdota: Sólo escribió una novela, La narración de Arthur Gordon Pym.

19 de enero de 2013 (aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe)

Fermín Caballero Bojart

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