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“Muy agradecido, capitán. Gracias por atenderme. Se olvidó de pedirme que abriera la boca. Tengo algunos empastes que están muy bien y una funda de porcelana de excelente calidad. Ochenta y siete dólares de funda de porcelana. También olvidó mirarme al nariz, capitán. Muchas cicatrices. Operación de tabique nasal ¡y el cirujano era un matarife! Dos horas por aquel entonces. Me han dicho que ahora tardan solo veinte minutos. Me pasó jugando al fútbol americano capitán. Un ligero error de cálculo en un intento de detener un despeje. Detuve el pie de mi adversario cuando ya había atizado al balón. Sanción de quince metros, aproximadamente la longitud de esparadrapo ensangrentado que me sacaron de la nariz, centímetro a centímetro, el día después de la operación. No estoy presumiendo, capitán. Sólo se lo cuento. Son las pequeñas cosas lo que importa.” *

La puerta se abrió y una cofia amargada y gris me dio las buenas tardes. Dejó la bandeja con la merienda a los pies de mi cama y me preguntó si bajaba la persiana.

—No, por favor déjela como está. Y la botella de whisky ni tocarla.

Las vistas del patio trasero del hospital no eran de mi interés pero al menos me mantenían con ganas de seguir leyendo El largo adiós, engañando al último sol del día.

—Vas a coger frio— dijo la monja.

—No creo, tengo la ventana cerrada. ¿Quiere leer conmigo un rato?

—Te resfriarás  si te levantas.

—Sabe que no puedo levantarme en dos días. Solo al baño y con la cabeza bien erguida. ¿Siempre dice las cosas con la misma gracia?

—Merienda, que en media hora vuelvo a por la bandeja.

—Gracias. La esperare con los brazos abiertos.

La rinoplastia me había dejado en cama en aquél maldito hospital, yo no era Philip Marlowe, pero tampoco una hermanita de la caridad. Todavía me colgaban los hilos desde los ollares hasta la garganta y hasta llegar al pasaje que acababa de leer del bueno de Chandler**, aún me quedaban dos días. ¡Y una mierda!, “el día después”, llevaba allí encerrado tres días y todavía no se fiaban de que el pimiento estuviera bien soldado. Además de la novela, tenía una televisión, un sillón, unas sábanas más bien pesadas con un nombre bordado en azul, La Milagrosa. Y una mesilla con un cajón donde guardaba mis tesoros. El resto, aburridas paredes.

Arrojé la merienda por el inodoro, antibióticos incluidos. Aproveché para mirarme la máscara de ojeras y pómulos violáceos, y en contraste con el amarillo de los párpados y el rojo de las vendas, aquello parecía la bandera republicana.

De regreso a la cama, sin prisa por recomendación médica, coloqué la bandeja sobre una tabla de madera que hacía las veces de mesa portátil. Bajé la persiana y esperé a Sor María.

Todas vestían un jersey gris y una falda azul y olían a la colonia de mi abuela. Todas igual de ancianas. Por lo que al abrirse la puerta de la habitación ya sabía quién entraba.

—¿Ya te has levantado a bajar la persiana?

—Sí. ¿Una copa muñeca?

—Tienes que hacer caso al médico. Por tu bien. Sanarás antes.

—¿A qué hora traerá la cena joven?

—¿Tienes hambre? Acabas de merendar.

—He gastado la fuerza que dan las galletas tirando de la cuerda. Así que prepáreme un cordero asado, en su punto por favor.

—Una mujer joven ha preguntado por ti en recepción. Ya sube.

—¿No será Carmen Sternwood***?

Abrí el cajón, saqué la pitillera y con la uña encendí un fósforo.

—Apaga la cerilla o saltará la alarma contra incendios.

—¿Un pitillo hermana?

Sor Maria se acercó a mi lado, con agilidad y soberbia me arrebató el cigarro. Antes de que entrara mi visitante en la habitación, pude alcanzar con mi mano el cuello de la monja y suavemente la susurré a la cofia “basta ya de comida basura.”

Al entrar mi hermana se quedó mirando la escena y con desenfado dijo “El alcohol es como el amor. El primer beso es mágico, el segundo íntimo, el tercero pura rutina. Después desnudas a la chica.” ****

Sor Maria me cogió de la oreja y me regañó muy enfadada.

—  Poli malo.

Una semana después salí del hospital con mi revólver y mi licencia de detective, bastante mejorado, dispuesto a limpiar los barrios de casos sin resolver.

Fermín Caballero Bojart

*Fragmento de El largo adiós.

** Raymond Chandler (escritor, 1888-1959).

***Personaje de El sueño eterno.

**** Frase de El largo adiós.

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