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Aquí abajo no hay luz natural, ni siquiera naturaleza. Casi todo está muerto, sucio y muy oscuro y si no fuese por las ratas y las ruedas de hierro todo sería aburrido. El vagón no va lleno por lo que los pocos ocupantes pueden girar su tambaleante figura con libertad y elegancia. Algunos aprovechan para peinarse, otros bostezan sin educación y entre todos dan vida al habitáculo sin tener que escuchar la voz de las siguientes estaciones. Pero además ellas se realzan cuando no les dio tiempo a arreglarse.

Freno a destiempo y todos bailan como prendas en perchas al cerrar de un portazo el armario. Si acelero y no van colgados dan un paso en falso, con la cansina moral de pedir perdón a sabiendas de que al agresor le da igual la disculpa. La mano vuelve a la barra y yo al periódico.

En una parada técnica en medio de la gran tubería, es de cortesía avisar, pero si se demora la marcha son grosería los arrojos. Hablo de educación por no hacerlo de mal gusto. Algunos usuarios sumergidos en un mar de páginas que pretenden terminar antes de bajar, confunden al maldito gusano con una biblioteca. Ellas embadurnan sus manos con crema y luego vuelven a asir la barra antes de que acelere. Se pintan los labios con una mano y después se rascan o peinan. Hay peines de diferentes materiales, predominando el plástico. De gran variedad de colores y tamaños que dependen del bolso.

Al superar la demora el cuarto de hora el nerviosismo se revela en amo, y más si gasto la desagradable broma de anunciar la avería y no digo el motivo. Me encanta porque sé que sospechan de mí pero lo mejor es cuando se va la luz. Todo recobra su verdadero protagonismo, compiten con el móvil a ver quién ilumina más el entorno, incluso las llamadas para justificar el retraso se entrecruzan y todos acaban sabiendo algo más de los compañeros de ruta. Si ruge un gusano por la vía contraria, baña las sombras con la ráfaga luminosa que se cuela por las ventanillas. Y cuando vuelve la luz todos miran al cristal como si hubieran olvidado sus caras, ellas se arreglan el pelo y ellos de reojo las miran.

Llegamos a la estación y el andén es un hervidero de fieles. Se abren las puertas no se baja nadie y suben todos. Ahora nadie se peina, se impregnan de candor humano, con una mezcolanza de lacas agrias y rancios perfumes enmascarando sudores que no se huelen en la publicidad. Ya no pueden peinarse con las puntitas del índice y del pulgar o acomodar sus flequillos antes de que se vaya de nuevo la luz o frene por sorpresa.

Por fin se bajan todos al andén por avería y desde la cabina trasera les veo bien. Por la cámara interna sigo sus movimientos y cuando ya no queda nadie salgo por la puerta del vagón de cola y en el vacío aún se respira la digestión del hambriento gusano. Todos sufren, pero ellas sufrirían más si supieran que yo aquí tengo espejo para peinarme todas las veces que quiero mientras persigo a las ratas.

Fermín Caballero Bojart

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