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Leyendo me sorprendió la madrugada, cuando sonó el timbre. Me asomé por la ventana que me permite ver la entrada de la casa. Nada en la noche fría, el jardín despejado, sin huellas en la  nieve. Volvió a sonar el timbre. “Me da vergüenza recibir a la gente en pijama, pero cuando leo es cómodo y lo prefiero a la ropa de calle” pienso siempre que recibo visitas inesperadas. Por la mirilla observé que no había nadie, que la luz del porche estaba apagada. Miré hacia atrás, para buscar el abrigo con la mirada entre la tenue luz de la lámpara de mesa. A los pies del perchero esperaban las botas. “Si tengo que salir al menos lo haré preparado”. El timbre me volvió a sorprender. Anclando la puerta con la pequeña cadena anti ladrones me decidí a abrirla.

La pequeña rendija me exhaló una bocanada de viento helado de Nebraska. “¿Quién llama?, son casi las cinco y no son horas de molestar, maldita sea. Va a despertar a Nuva” fue lo que pensé antes de decir:

 —¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Buenas noches caballero.

La voz venía de la parte más baja de la puerta. De pie en la alfombra un ser extraño, de una cuarta de altura, anchos hombros, con traje verde y rojo, tocado por un sombrero de seda con forma de campana me miraba a través de algo parecido a una máscara de elfo.

—¿Me permite unos minutos? Vengo de muy lejos y le traigo un mensaje.

Cerré la puerta con calma y pensé en la visión espectral que acaba de llamar a mi puerta. Fui a la cocina y me fastidió que no fuese Halloween. “Lunes 6 de enero”.  Volvió a sonar el timbre y estaba vez un ronquido molesto llegó del sótano. “Voy a darle una patada al mensajero enano ahora mismo”. Y volví al hall, me puse el abrigo y las botas, desenganché la cadena y abrí la puerta del todo.

Un hombre negro de dos metros, capa de oro y brillantes, con un turbante del que sobresalía una gran pluma de pavo real verde azulada y una sonrisa bonachona me dejó aún más helado que el mismo viento.

—Buenas noches señor Bell. Mi nombre es Balthassar de Alejandría, consejero de la corte suprema de la magia dorada y deseo hacerle partícipe de este presente, con motivo de la recepción que le hicimos hace unos meses.

—Esto, ejem, es un poco tarde para andar a estas horas por ahí, repartiendo, ¿cómo lo ha llamado? ¿presente? Así que, si son tan amables, dejen de llamar a esta puerta, porque si no se han fijado me llamo Artabán*.

—Lamento el error, no recordaba el dato. Mi paje me ha trasmitido su malestar. Hoy es noche de trabajo intenso y a esta zona del país es la primera vez que venimos.

Extendiendo el pequeño paquete hacia mí, me sonrió con los dientes apretados. El paje trepó con habilidad hasta su hombro izquierdo y me miró desinteresado. Cansado de mirar hacia arriba y con ganas de terminar con aquella absurda situación, dudé pero finalmente acepté el paquete.

Al cogerlo, su peso me tiró fuertemente los brazos hacia abajo.

—¡Cuidado! — gritó el paje con máscara de elfo.—Es un libro muy pesado. Es el libro que usted perdió.

—Yo no he perdido nada, no he comprado nada por correo, soy escritor y lo único que quiero ahora mismo es que se larguen de una maldita vez.

Entonces el hombretón negro dejó de sonreir y me sujetó por la solapa del abrigo. Al levantarme como a un pañuelo de papel me miró a los ojos y con su voz de caverna me amenazó.

— Nosotros hemos hecho una excepción con este largo viaje hasta aquí. Has perdido un libro de magia y te lo hemos encontrado. Ahora tu cumple con tu verdadera palabra. Hemos venido a por nuestro cachorro de tigre.

Deje caer el paquete y pensé en mi pequeño Nuva. En aquel viaje al Oriente. En aquellos magos. En el extravío del tratado mágico. En los cientos de quilómetros que me trajeron de vuelta. Pero sobre todo en el pequeño tigre que me dejaron como supuesta muestra de gratitud por haber salvado a  Melchior, al que trataban como rey sabio y justo. Comprendí todo con una lucidez cercana, como si hubiera sucedido esa misma tarde. Recuerdo como un fuerte olor de maderas mezcladas lo inundaba todo. A roble viejo olían los espectrales bancos, las mesas y unos fantasmales atriles labrados en madera de cedro. Por los pequeños cristales de las ventanas apenas pasaba la luz del anochecer, las velas alumbraban los inquietantes rincones, dando a las telarañas un aspecto de oníricas cortinas bailando en el aura de la antigua biblioteca. Resonaban irreales los rugidos de las bisagras al abrirse el portalón, dejando entrar el quimérico silbido del viento. Apagando el rugir de las oxidados goznes. De las locas llamas que daban vida a las sombras de los alucinantes sucesos que allí acontecían el primer lunes de cada mes de diciembre justo antes de las doce de la noche. Entonces el misterioso bibliotecario dejaba de leer, se asomaba por los ventanucos y buscaba la fascinante luz que, cual estrella fugaz, le anunciaba la llegada del mensajero celestial. Maravillado esperaba que surgiera lo asombroso, lo que solo sus ojos estaban preparados a interpretar, aquello que el pueblo no comprendía, y por lo que era conocido como el hechicero de las fascinantes lecturas. Dejaba a un lado mi última novela, se dirigía a mí y me entregaba el libro más pesado del mundo. Pero aquella noche los acontecimientos tomaron otro rumbo. Nada sucedió con la espontaneidad de los últimos años, fuente que yo buscaba para mi siguiente trabajo. Al fondo de la nave de madera aún quedaba un aprendiz palpando las imágenes que sobresalían de los papiros. De nombre Gaspar, el joven ciego, que también llevaba tiempo esperando la escena, aquella leyenda que tantas veces había escuchado y jamás había sentido. Escoltado por el olor a madera ancestral y la idílica música del viento, deseaba tanto como yo el duelo con su maestro y gran biblotecario de la corte suprema de la magia dorada de Alejandría. Contra el hechicero bibliotecario que le había enseñado todo, Melchior el mago más temido de todo el oriente. En el momento que ambos se disponían a enfrentarse un hombretón negro irrumpió en la biblioteca con un cachorro de tigre de Siberia entre las manos y un enano con máscara de elfo al hombro, “zarpamos ahora mismo. No podemos esperar más. La tormenta está amenazando todo el litoral”, entregándome al animal, como si fuese un regalo. Ahora recuerdo que ese tratado de magia lo había predestinado así.

Les hice esperar a los dos en la puerta, bajé al sótano y desperté a Nuva. Un tigre que ya rondaba los tres mil kilos, alimentado a base de terneros, cuentos y leyendas. Con su imponente alzada, solo salía a cazar una vez al mes, a las cercanas montañas de Nebraska de las que regresaba, tras dos semanas, para descansar en su guarida.

El largo pasillo de la casa quedó prácticamente ocupado por aquella bestia rayada, de zarpas titánicas y mandíbulas brutales. Todo parecía más pequeño, incluso el hombretón negro y su paje con máscara de elfo al hombro. Todo  parecía más allá del silencio, todo parecía de aquel mundo de Alejandría, lejano y sin vida. Todo parecía un inquietante sueño. Nuva rugió y sin mirar atrás salió majestuoso por la puerta, piso la nieve, y el hombretón negro y su paje montaron sobre él.

Antes de cerrar recogí del suelo el pesado libro y regresé a mi escritorio. Lo desempaqueté, lo abrí y, tan sorprendido como la primera vez, quedé encantado de nuevo. Todavía continuaba sin título.

Fermín Caballero Bojart


*Personaje ficticio protagonista del cuento navideño The Other Wise Man (El otro rey mago), escrito en 1896 por Henry van Dyke

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6 pensamientos en “El hechicero de las fascinantes lecturas

  1. Que envidia me das, que bien que cuentas las cosas.
    A mi hija le gusta mucho como escribes.
    Un abrazo, y mis mejores deseos para el 2013.
    Juan

  2. Habrá más cuentos, más momentos mágicos. Os deseo un buen año. Un cordial saludo.

  3. En muy buen camino. Felicidades gran descripción del lugar de los hechos,con suspense al principio que obliga a seguir leyendo. Un abrazo.

  4. Fiel amigo, creo que has hecho un buen resumen. Gracias a ti por leerme. Saludos.

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